martes, diciembre 13, 2005

Comparto un texto que Luis Humberto Crosthwaite escribio para Enlace. Efectivamente son dias dificiles.

Mujeres frente al dolor
09/12/2005
Por Luis Humberto Crosthwaite

En los pasillos del hospital, Mónica me confesó que le gustaría estar lejos. Quisiera tomar un avión, alejarse de Tijuana; regresar cuando todo termine. Lo dijo inexpresivamente, como se habla de una cosa remota, imposible. Era obvio que no podía dejar a su familia ahora.
Todos tenemos un límite de tolerancia y parece que Mónica lo ha alcanzado. Aún así, toma fuerzas y persiste. Ha dado muchas muestras de valentía mientras su mamá ha estado enferma; no va a rendirse ahora.

Su mamá padece mieloma múltiple, un tipo de cáncer en la médula ósea.
Fui al hospital de Tijuana donde se encuentra Rosalina, la mamá de Mónica. Al verla ahí, tan indefensa, se apoderó de mí un deseo de querer hacer algo para ayudarla. ¿Pero qué puede hacer un hombre que sólo tiene palabras en el bolsillo? Ella quería hablar y lo menos que yo podía hacer era oír lo que tenía que decir. Escuchar es de las pocas cosas que hago bien en la vida.

Rosalina tiene 54 años y le detectaron el cáncer en el 2001. El tardío diagnóstico y el descuido en el tratamiento la han tenido en cama desde hace seis meses, con dolores intensos en los huesos.
A estas alturas, su médico no hace promesas, ni siquiera brinda una remota esperanza. Ha mencionado el trasplante de médula como una posibilidad; pero México aún forma parte del llamado Tercer Mundo, a veces lo olvidamos. Sin un seguro médico adecuado, ese trasplante parece un asunto de ciencia ficción. Además, sólo podría realizarse en la Ciudad de México. ¿Cómo mudarse, cómo dejar de trabajar para atender a la madre, cómo costear el tratamiento?
Y no es que la familia de Mónica sea pobre; más bien pertenecen a una típica clase media mexicana que sobrevive día con día.

El hospital público en que se encuentra Rosalina es un lugar frío y oscuro. Taciturnos médicos de guardia se acercan a la señora a distintas horas del día y de la noche. Ninguno se pone de acuerdo, aunque todos le han sugerido a Mónica que se prepare para lo peor. Lo peor, sin embargo, no es un final inmediato, sino postergado, lento en llegar.

Sentado a su lado, escuché a Rosalina decirme maravillas de sus hijas gemelas, que no han dejado de acompañarla y se turnan cada noche durmiendo junto a ella en el piso. Mónica sonreía tristemente, sosteniendo la mano de su mamá en todo momento.

También se han acercado a la señora amigos y familiares, algunos que ella tenía mucho tiempo sin ver. Un día despertó y encontró una estampa de San José pegada a la cabecera de su cama, todavía no sabe quién la dejó ahí, pero está agradecida.

Rosalina reflexionó sobre su vida, recordó su infancia, aquellos momentos felices en que no había responsabilidades, todo era juego y diversión. Recordó los brazos de su papá: un buen hombre que alguna vez fue presidente municipal de un pueblo en el estado de Nayarit.

No sé cuanto le dije. No sé si hice por lo menos un solo comentario valedero, por más simple que fuera. ¿Qué se le puede decir a un ser humano cuando enfrenta el dolor de esa manera?
Luego caminé con Mónica por los pasillos del hospital, ambos envueltos en un pesado silencio. Tantas palabras que he escrito, tantas ideas puestas en papel a lo largo de los años, y en ese momento no encontré una sola frase que sirviera de consuelo.

Un abrazo, una sincera muestra de solidaridad… no tuve más que eso para ella.